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CARBONERAS: Expedición “Obvia”. 06/11/15

La pizarra del aula está echando humo. Ya he gastado tres rotuladores de los chinos, he usado tres colores distintos, dos tablas de Excel y creo que voy a pedir prestado un ordenador a la N.A.S.A. para poder encajar 24 personas en un solo barco. Por si fuera poco, hay que tener en cuenta los “yo a primera hora”, “yo buceo con este”, los obligados estándares de los cursos, la seguridad y ¡ me cago en todo lo que se menea !… que ya me siento como una chica Almodóvar “Al borde de un ataque de nervios”.

Pero bueno, al final todo va encajando, y por fin, tenemos el cuadro completo, coordinado, perfecto. Satisfecho, me voy con Villa a tomar un café. Los días pasan sin novedad y la pizarra sigue impoluta, como una medalla de la virgen María, con sus distribuciones, sus colores, sus barcos completos… si es que somos buenos, muy buenos. Llega la hora de confirmar al centro horarios y ocupación de los barcos, al hotel, la distribución de las habitaciones y al restaurante, los comensales en cada servicio. Ya está todo terminado.

Es entonces cuando, cada wasup, cada llamada de teléfono y cada correo electrónico suponen un cambio de esos de que yo voy…pero yo no voy, o igual que antes sí, ahora no, o viceversa. Hasta el mismo viernes por la mañana tuvimos cambios de esos de última hora que, por ejemplo, nos obligaron a salir un poco más tarde de lo previsto. En principio, la idea era viajar en el coche de Manuel, pero cuando vimos el hueco de su maletero en comparación con la montaña de bolsas de equipo que se acumulan en la tienda decidimos hacer un cambio y recurrir a la Scubamovil. Esos sí, cuando salimos, ya, sí que sí, teníamos, de nuevo, todo arreglado.

Dejamos Carabanchel atrás y, por última vez en este año, optamos por aprovechar las ventajas fiscales de la R4 y las gratuidades de la AP36 apurando el combustible hasta llegar a los Chopos, en la Jineta, donde, daremos buena cuenta de unos bocadillos de panceta a la brasa con queso manchego de la Mancha regados con refrescos de las más cuidadas cosechas. Luego, volvemos a la carretera, con el depósito más seco que la compresa de la Veneno, devorando la carretera buscando una gasolinera de Repsol, por aquello de aprovechar los vales de descuento que llevamos. Peña, como todos sabéis, es un experto en masajear la zona perineal (un tocapelotas) al que no le puedes hacer caso (en especial, cuando demostrarle que tengo razón supondría quedarse tirado sin combustible), trata de hacerme apurar unos kilómetros la obligatoria parada de repostaje, ganando una apuesta que sólo está en su imaginación, lo que le permite torturarme durante unos kilómetros. Llevar elucubrando en el asiento de al lado de la Scuba, a alguien que piensa que masturbarse es sano incluso cuando la gente del metro te mira raro, me pone más nervioso que a Chewbacca los anuncios de la Epilady. Kilómetro a kilómetro llegamos a Carboneras a tiempo para dejar los equipos, repartir habitaciones y llegar a tiempo para la cena.

Las cenas de Diego… son más o menos así: Yo voy a cenar ligerito, dice la razón. Y yo voy a cenar sano, dice el corazón. Y yo voy y me descojono, dice la experiencia…

Y es que, con la cantidad de comida que servirán en el restaurante podríamos haber alimentado a King África durante todo el verano. Por si fuera poco, Diego es de los que piensa que no es comida si no te hace un tapón en el estómago, de manera que, croquetas, gazpachos, salmorejos y postres varios son más densos que un plasma de quarks. Para aliviar tanta carga, Silvia que es esa chica que va siempre con cara de que le han subido el IBI, se ofrece a endilgarnos un brebaje conocido como “Gin Tonic” cuya elaboración requiere una constitución episciforme, con necesidad de parenquiar los hielos para que no queden señales externas de formosis proximal al añadir la tónica justo antes de que se produzca la fase sigmoidea de la emulsión. Por desgracia, para la cata,  sólo quedamos dos, como los Barón Rojo, Ángel, por aquello de cumplir objetivos terminando las copas y un servidor. Vamos, que la sobremesa va a ser más corta que la picha de un playmobil.

Antes de acostarme, puedo constatar que no hay frase más triste que un “te quiero como amigo” excepto un… “la alarma sonará en 4 horas y 21 minutos”. Entre la tensión, el cansancio acumulado y la contundencia de la cena, imagino que habré superado la delgada línea que hay ente entre roncar y ser una Harley Davidson.

Sábado. Primer día de buceo. Me levanto pronto, en parte porque el señor ilumina mi camino, y en parte porqueobvia Sonia está subiendo la persiana y cerrando la puerta con inusitada energía. Por aquello de dar cancha al “ansiamasá” de todo el mundo, tenemos que empezar la jornada muy madrugados, tanto que cuando llego a la cafetería veo unas caras que me hacen dudar si dar los buenos días o hacer un exorcismo. Procesionamos  hasta el centro donde ya nos espera Manu… en el bar. Preparamos los equipos con parsimonia, como cuando Cristiano Ronaldo cruza por un pasillo de espejos. Cargamos el carrito y llegamos al puerto. Subimos al barco y navegamos hasta quedar fondeados en la isla de San Andrés

Como casi todos son veteranos en esta plaza, lo del briefing resulta más absurdo que echarse colonia para hacerse una fotografía, de manera que, con hacer las parejas ya la cosa puede ir funcionando. Por un lado van a ir Bea y Nacho (ex-hombre de negro) al desborde de ansia gumiosa de consumo. Por el otro Peña y Pi, destinados a perderse. Mayka ha elegido como compañero de buceo a Murillo que se ha levantado con dolor de cabeza y así, de cerca, parece un mono atropellado. Fernando contagiará de ilusión y optimismo a Marta, Alex y Almu, que pese a ser una jovencita de las que no se pisan el babi, goza de esa educación de otra época en la que llamabas “padre” a tu padre y no “pápa”. Los que van a tener su primera cita con el “ansiamasá” son Laura (una de esas chicas “google” porque tiene todo lo que puedas buscar), Pablo (un tipo más perdido que un gitano sin primos) y Carlos, bautizado por Raúl como el obvio y que no voy a discutir que mi próximo artículo “te calzo una colleja que te quito las tonterías de golpe” en el que hablo de imponer la disciplina en una salida de buceo desde la comprensión, el cariño y la ternura esté basado en su personalidad.

obvia2Pido a los buceadores que desaparezcan de mi vista para poder dedicarnos a la preparación de los alumnos y, una vez se equipan, saltamos al agua. Hay que tener paciencia con los chavales, teniendo en cuenta que “paciencia” es el intervalo de tiempo que transcurre entre el inicio de una inmersión y empezar cagarme en todo lo que se menea. Finalmente, podemos agrupar al rebaño en proa y descendemos sobre la pradera de posidonia. Pronto, empezamos a navegar, cruzando el arenal, comprobando que la flotabilidad de los tres es bastante buena. Siento un orgullo muy especial cuando veo que nuestro sistema de formación funciona mucho mejor, ¡¡¡ por supuesto!!!, que esos cursos de buceo que duran dos días y en los que les dicen a los alumnos que ya pueden usar tacones altos pero no les dicen que caminarán como venados recién nacidos. Pese a todo, por aquello de dosificar aire, cuando llegamos al cráter cogemos pared a la izquierda y buscamos la aglomeración de vida que hay en el arco pequeño. Meros, falso abadejo, julias, tordos, y castañuelas bailan buscando el alimento que les llega de la ligerísima corriente mientras que por el fondo los gobios exhiben sus libreas de colores. Cuando llegan a la mitad de botellas, regresamos por un arenal donde abundan los raors, que es como los catalanes llaman a los pejepeines que aquí se llaman galanes. Cuando llegamos al fondeo, Carlos siente necesidad de amorrarse al octopus pero sorbiendo con apetencia, como un oso hormiguero comiendo percebes. Pablo no le anda muy a la zaga, por lo que, ascienden con Sonia, que va impartiendo cátedra repartiendo más galletas que el camión de Fontaneda. Laura aún tiene media botella, por lo que decido alargar la inmersión, recorriendo el cañón y descubriendo entre sus grietas bellos ejemplares de murión, morena, y todas las especies de flavelinas que hay por aquí. Cuando te quedas a solas con un compañero de buceo es cuando valoras de verdad el silencio, casi como cuando se acaba una canción de reggaetón. Hubiera apurado un poco más, pero por aquello de cumplir un poco los horarios ascendemos con parada incluida parando el ordenador en una horita justa de inmersión… ¡ cómo tiene que ser ¡

Regresamos al puerto donde no nos espera nadie (que sería lo suyo) y nos preparamos para la segunda inmersión del día, con tan solo unos minutos de retraso sobre la hora prevista. La cosa pintaba retozona, hasta que el sector duro de la rama “melapela” se subieron a tomar un cafelito perjudicando seriamente la cuidada planificación y la férrea disciplina de combate.

Como hemos dicho, un cafelito más tarde, llegamos al barco donde hay cambios en la alineación que permiten la entrada de Silvia (una chica capaz de hacerse quemaduras de segundo grado preparando gin tonics de diseño) y Ángel (un tipo puntilloso, capaz de encontrarle matices al sabor del queso de Burgos) que triangularán con Jorge, nuestro Salmantino (que no charro) universal que ya mira revirao de tanta sabiduría oriental como destila. Completa la terna (homenaje taurino) Fernando, que este fin de semana va a cambiar más de pareja de buceo que Sergio Ramos de logopeda, que buceará Raúl que con el madrugón lleva los ojos regañados, cada uno vigilando una ceja. Con esta caterva Scubagueto debutarán Carmen y Chechu. El segundo,  ante lo que se le viene encima, pone esa cara de sorpresa, como de pasar constantemente de oscuridad a mucha luz mientras que ella, que trabaja en lo de los árboles ginecológicos ha jurado fidelidad a la causa y se encargará de divulgar las novedades de la sección de objetos perdidos. Tras una maniobra de desatraque un tanto desordenada navegamos hasta las corvinas, rezando para que el viento no suba de intensidad y nos limite la zona de buceo a la otra cara. De momento, la cosa funciona y funciona bien. Atamos la barca a la cosa que flota y largo a los que saben para que no interfieran con los alumnos. Bueno, realmente, como estos cabrones van a ratitos y la cosa avanza despacio, me adelanto y en cuanto los tengo equipados iniciamos la inmersión. Por vez primera en la historia, los aspirantes a buceador han empezado la inmersión antes que Nacho (ex-hombre de negro) demostrando la calidad de nuestros cursos, y es que, los cursos hay que hacerlos bien, que a mí  eso de “curso de buceo en dos días” me suena a “chocolate que no engorda”.

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Las corvinas son un espectáculo. Nada más bajar se nos junta un cardumen enorme de Dent…inos que anda de gira por la pradera igual que el Tocayo por Cuenca, es decir, buscando presas. En la punta, nos rodea un ejemplar muy mimosón de pez ballesta anticipando la visión del enorme congrio que se ha instalado en la grieta de las gambas y de las corvinas que engalanan la primera parte de la inmersión. Atravesamos de lado a lado el anfiteatro de piedra para llegar a la cara sur, donde hay otro cardumen de estos bellos ejemplares de Sciaena umbra. No hay duda del porqué del nombre de esta inmersión. La pareja de dos va más sobrada que las niñas portuguesas que se creen adultas sólo por tener bigote, y me permite alargar un poco el tiempo de fondo, recreándonos con la imagen del enorme ancla, con el cardumen de espet…inos, alguna albacora a la carrera, meros, más nudibránquios y de nuevo el pez ballesta. Con inmersiones más largas que una partida de Trivial en la casa de Gran Hermano lo de los tiempos y la sincronización hace mucho que se ha ido a tomar por culo, de manera que, nos podemos permitir el lujo de superar de nuevo los sesenta minutos de inmersión…

¡¡¡ Joder, si hasta Nacho (ex-hombre de negro) ha llegado antes que nosotros !!!

obvia4En fin, que hay que volver al puerto para dejar zanjado el sábado. Por lo pronto, la cosa se ha complicado. Lo de dilatar el intervalo en superficie a base de cafelitos nos ha llevado a tener una disfunción horaria que ha permitido que nos metamos en tiempos ventosos. Las olas han crecido lo suficiente como para desaconsejar ir a las corvinas, y tenemos que buscar refugios en la pared. Nacho (ex-hombre de negro), Manuel (el nuevo rey del mermeamasao) y el resto de sospechosos habituales han declinado hacer esta inmersión que se dispone a buscar el motor. Un fondeo rápido, una equipación diligente y un ligero paseo nos permiten encontrar el pécio y continuar por las gorgonias hasta que los manómetros van sucumbiendo. Es entonces cuando regresamos sorprendiendo a un par de Chicharras escudriñando el arenal en busca de comida. Con Carlos opositando al sorbete de oro 2015, terminamos otra inmersión especialmente divertida.

Es necesario disfrutar de una ducha rápida, porque, como todos sabemos, el nitrógeno es sustancialmente astringente y añadido en dosis profusas al poder del agua de mar produce una incontinencia suma que genera un fluido cálido que chorrea pernera abajo hasta emulsionarse en los escarpines, generando un aroma muy sutil con matices acres. Vamos lo que viene a ser que olemos a perro mojado, como Chewbacca bajo la lluvia y noto que hasta las mofetas se abanican a nuestro paso.

Lo que viene a continuación es un crisol de paradojas.  La primera es que, tras hacer ejercicio aleteando tres horas contra corriente llegas al restaurante y te cebas a generosas rebanadas de pan saturado con ali-oli, ensaladas, primer plato, segundo plato postre ( o postres, según preferencias ) lo que viene a ser el gym y el ñam… que más de uno se comió hasta las cookies del ordenador. Luego, hay un silencio monacal, porque todos andan gumiando a moflete inflado, y, mejor que no digan nada, porque como tienen el secreto ibérico atravesado en el gaznate, cuando hablan parece que lo hagan en dialecto Klingon. Hasta Yago se ha rendido al ideario Scubagueto y tras limpiar su plato se ha enganchado a la teta de su madre y tiene esa cara de estar tan contento que si estornuda echaría confeti.

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Ahora apetece una siesta de campeonato, pero, prefiero dar un pequeño (insisto en lo de pequeño) paseo con Carlos, pablo, Alex, Laura y Almudena. Haremos una breve (insisto en lo de breve) visita al castillo de Carboneras y sus exposiciones. Cuando veo a mis dos alumnos recorrer las estancias de tan recio lugar no puedo evitar pensar que si ahora mismo me dieran a elegir entre 500€ y su compañía la cuestión sería si me compraría la PS4 o la Wii. Hasta Laura, que ya está acostumbrada a tales desmanes está pasando más vergüenza que una madre con Tuenti. El paseo termina en el chiringuito playero donde nos reuniremos con los recién llegados, con Murillo, con Mayka y con sus acompañantes, Pilar y Emilio, que ya van constatando donde se han metido y van haciendo contagio ansiamasáico.

Antes de entrar de nuevo en el restaurante, para cenar, nos tomamos una última Alhambra en el Felipe, cerveza que viene acompañada por una tapa de lomo con queso. Sé que la exigencia digestiva es alta, pero el honor nos obliga a honrar la memoria de ese gorrino que dio la vida por nosotros dando buena cuenta de la ración. La cena es un contubernio para conseguir una nocturna imposible entre Alex y Peña, que no olvidemos que es un pecador que ha llegado a la cumbre de su progresión como buceador utilizando profusamente la expresión mucho lirili y poco lerele. Por cierto, a la cena se nos han unido Nacho (el delicadito), Carlos (que viene dispuesto a terminar su curso de buceador avanzado y con tanto miedo trae los calzoncillos como un panini) y Alex, que ha terminado una de esas de esas carreras universitarias que solo sirven para conseguir quesitos jugando al trivial.

Tras la cena, la lectura de Sonia de los grupos y las recomendaciones destinadas a optimizar recursos, y el último café o chupito nos vamos a la cama, a dormir.

Domingo. Llevamos una semana analizando las previsiones en todas las páginas disponibles, pero, viendo la oscilación de las palmeras, entiendo que, como previsiones, son una puta mierda, y que tenemos que aclijodernos en la pared de San Andrés. Allí quedamos fondeados cumpliendo con el horario previsto, más o menos a resguardo de las olas, en un punto en el que la gente tiene varias opciones de recorrido. Mi inmersión, la que puedo contar, transcurrirá llevando a Carlos “M” a poca profundidad hasta pasar el motor y buscar los treinta metros para comprobar eso de la narcosis. Una vez hemos demostrado lo de los efectos narcóticos del N2, regresamos a la pared, pasamos por el arco (del cráter) y regresamos al barco con los deberes hechos.

Para la segunda inmersión, continuamos buscando la protección de la isla. Raúl y Marta bucean juntos, por primera vez en el fin de semana porque han encontrado una niñera tan insospechada como espontánea. Espero que Yago esté bien, porque Sonia, como madre, tiene menos futuro que Pinocho en las fallas. Esta vez valoramos la opción de dejar el motor y seguir por las gorgonias hasta el cráter. En la entrada, bajo el arco, hay un pequeño cardumen de corvinas, Dos buenos ejemplares de murión dominan la grieta superior, mientras que en la inferior descansa un mero que comparte espacio con un congrio. La pared sur está llena de crátenas mientras que la grieta del noroeste está saturada de ermitaños, gambas naranjas y, por supuesto, toda la gama de peces anguiliformes. Ascendemos y, sobre el arco, en la grieta de la derecha, vemos una enorme morena. Subimos por una pradera abarrotada de serranos, tordos y doncellas sorprendiendo a dos o tres ejemplares de sargo breado. En las cuevas, los salmonetes reales encuentran un hábitat ideal. Pasamos por el arco de arriba y caemos a un arenal por donde deambulan pargos, herreras y una furtiva dorada. Decido ascender, por aquello de no saturarnos mucho.

La llegada a puerto no es que sea demasiado agradable. Carlos “M” ha recibido tristes noticias. El repentino fallecimiento de un familiar le obliga a regresar con celeridad a Madrid. Desde Zona de inMersión, trasladamos el sentido pésame de la familia Scubagueto.

Con una sensación de pesar y vacío comenzamos la tercera inmersión de la mañana fondeados justo al lado del arco pequeño.

Lamentamos las ausencia de Nacho (ex-hombre de negro) que pese a comenzar la semana con pleno de orientación ya se ha perdido dos veces, y, si se pierde otra en el cráter le van a convalidar el camino de Santiago. Las malas lenguas siempre dirán que renuncia a la terna de buceos porque se queda sin Bea, que es la que sube a superficie a corroborar que están perdidos y señalar el rumbo correcto… ¡¡¡ Y LO SABES !!!

Tampoco viene Peña, que con menos fondo que la piscina de Pin y Pon, ha salido del agua que tiene la lengua comoobvia6  para pegar carteles de toros. Alex no vuelve a cometer el error de principiante de desaprovechar una inmersión y se apunta. La cosa es que descendemos, recorremos el arco pequeño y continuamos por la pared suroeste del cráter. Esta cara esta recorrida por grietas verticales que, en algunos casos suben hasta la cresta, como si quisieran fracturar le montaña. En una de ellas, se esconde un congrio de gran tamaño, de esos que dan miedo. Es una buena imagen para Luis, que anda tirando de cámara mientras que su pareja de buceo retoma la actividad acompañada por Sonia, que tras la experiencia de tirar del carro regresa a sus quehaceres subacuáticos. Por aquello de que las aguas están calmadas, llevo mi traje. Me han sugerido que lo cambie… pero me da pena. Opino que no es que esté desgastado, es que muestra el paso de muchas historias. Una vez llegamos al final de la pared, en lugar de entrar buscando el arco grande, viramos rumbo sur hasta una piedra aislada, Por su cara norte, a quince metros de profundidad apenas levanta unos centímetros de la arena, pero su cara sur se desploma de golpe hasta más allá de los treinta, y, está colonizada por gorgonias verdes, naranjas, blancas y rojas. En las grietas se agolpan morenas y congrios, como no, y las castañuelas pueblan el vertical muro hasta donde llega la visibilidad, que, por cierto, es bastante buena. Regresamos acortando por el cráter y terminamos el buceo apurando el aire de las botellas en el arco pequeño. Esta inmersión ha sido como la bandera de Japón: Un punto.

Con el horario no demasiado incumplido, embarcamos y nos llevamos una pequeña desilusión. Un latiguillo del motor ha roto y hay que cambiarlo, mayormente, porque es el de la alimentación de combustible. Con tres inmersiones a la espalda, regresamos al centro, nos duchamos, nos vestimos y, mientras unos regresan a Madrid, otros buscamos el amparo de Diego y sus viandas. Total, si en el fondo, nosotros, somos felices con poco… porque con mucho aún no hemos probado.

La tarde transcurre entre cervezas y goles, hasta que llega la hora de la cena. Nos hemos quedado bastante menguados de efectivos, eso sí, pocos, pero inasequibles al desaliento. Tras el estimulante condumio, último de la temporada, nos retiramos a nuestros aposentos y descansamos, que aún quedan cosas por ver.

Peña, que bucea con unas gafas tan graduadas que si se las pone cualquier otro es capaz de ver el futuro, lo ha visto claro y propone una “caribeña” desde las corvinas hasta donde lleguemos. Le secundan Nacho y el amigo de Silvia… Por favor, no os burléis de la forma de bucear de Ángel y dejar que demuestre que sigue siendo un paquete. Manu, que tiene prisa por terminar, nos ha sugerido reducir el tiempo de fondo, aunque sabe por experiencia que la frase “limitar el tiempo de inmersión” en un Scubagueto es como el “cortito de café” de los camareros o el “solo las” puntas de las peluqueras.

Salto con Alex, que está más azul que un desnudo de la pitufina, para evitar llamadas a Raúl. Luego me enteré que ese es su color de piel, y es que, a veces, olvido que es más feo que un cañonazo de estiércol. Nos encontramos de nuevo con nuestros amigos el ballesta y el congrio, para retozar un poco con las corvinas y dejarnos llevar por la corriente hasta el ancla. Luego, tras pasar unos minutos de “jara y sedal” en la pared negra, atravesamos por el arenal hasta dar con el motor y subir por la pared, hasta llegar a la cresta por donde ascendemos tirando boya deco. Nosotros hemos llegado, el resto, que marcha por detrás, va saliendo en plan champiñón por doquier.

obvia5Nos queda una, la última, que haremos, de nuevo, en la pared suroeste del cráter, para que peña vea lo que se perdió apenas 24 horas antes. Entre las prisas por salir, el fresquete acumulado y el cansancio, para esta inmersión, vamos a ser menos gente que en la despedida de soltero de Adán y Eva. De todas maneras, estamos ante un patrón meticuloso (Suerte que meticuloso significa detallista, porque tenía todas las papeletas de acabar siendo una guarreria) que no va a permitir que nos marchemos sin cumplir con la planificación prevista. Mientras Sonia se queda preparándolo todo (anda más mosqueada que el casero del fugitivo por la dejadez de algunos en el cuidado de los equipos) nosotros volvemos al barco y, comprobamos como el puto Murphy se ceba con nosotros una vez más y el mar empieza a dejarse querer. Nos lanzamos al agua y repetimos inmersión. Me fijo como Alex va muy suelto, salvo por que se pasa la inmersión bajo el síndrome de Frodo Bolson, tocándose todo el rato el octopus para ver si sigue allí. La inmersión, no por duplicada, deja de ser apasionante.

La temporada termina. Nos queda pasar más de dos horas de búsqueda de monedas y versiones metaleras de los éxitos de Abba hasta llegar a la Jineta, despertar a Sonia, una actividad más peligrosa que recoger una pastilla de jabón en las duchas de una cárcel turca, saborear el último bocadillo de panceta de la temporada y llegar a Madrid para poder reponernos del esfuerzo realizado.

La temporada peninsular ha terminado. Por delante, las luces de Carabanchel sirven de traca final a esta nueva temporada. En nuestras mentes, Filipinas, pero eso, será otra historia.

 Zona de inMersión

Nuestras escapadas son dulces como los abrazos de una abuela, adictivas como rascarse la marca del calcetín y más necesarias que una cama al final del día

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